Conversión

ARTICULO DE OPINON // JAVIER PEREDA PEREDA

En los primeros siglos se consideró esencial preparar a conciencia,
durante cuarenta días, la celebración más importante de la fe cristiana: la
Pascua del Señor. Desde el pasado miércoles de Ceniza hasta la misa de
la tarde del Jueves Santo, transcurre este tiempo denominado Cuaresma.
Sin duda alguna, en lugares como Andalucía, es uno de lo momentos del
año más anhelados. En la tierra de Nuestro Padre Jesús, “El Abuelo”, en
donde florecen treinta agrupaciones entre hermandades de Pasión y de
Gloria, se experimenta con devoción este tiempo de gracia. Uno de cada
tres jiennenses es cofrade (más de cuarenta mil). Lo mismo podríamos
decir de cada rincón de la provincia. Por señalar sólo algunos lugares:
Úbeda, con su entorno renacentista; Baeza, que cuenta con el mayor
número de cofradías por habitante (veinticuatro) y cuyo silencio en las
calles empedradas nos transporta a otra época; Linares, donde sobresalen
las bandas de música; Alcalá la Real, donde resalta la tradición antigua de
sus “pasos”; Andújar, que se distingue por un patrimonio artístico
excepcional; o Martos, donde destaca la devoción y el recogimiento de sus
barrios. La tradición multisecular ha transmitido de generación en
generación la fe cristiana, plasmada en la cultura y el arte. En todos y cada
uno de los pueblos jiennenses se atesoran estas seis semanas de
preparación para celebrar, como se merece, la Semana Santa. En algunos
de ellos, como en Valdepeñas de Jaén, Pegalajar y La Guardia, se
impartirán conferencias de formación con títulos como “Entender la
Pasión” o “¿Fue justo el juicio a Jesús?”. No faltarán los vía crucis, los
pregones, los besapiés y besamanos; tampoco los retiros, los triduos y
quinarios, el ornato de las imágenes o los ensayos de costaleros y de
bandas de música. Todo ello orientado por el “sentido teológico” y el
significado profundo de estas semanas, esenciales para vivir con provecho
espiritual la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de
Nazaret. Existe el peligro —como ya sucedió a los apóstoles— de no
entender la Pasión del Señor, pues una visión excesivamente humana
impide comprender la lógica divina. Así, Simón Pedro, al tomar aparte al

Maestro e increparle porque iba a morir en Jerusalén, tuvo que escuchar
su amonestación: “¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas
de Dios, sino las de los hombres”. Algo similar ocurrió con Judas, hasta
que se consumó la traición: tenían puestas las esperanzas en un Mesías
político que salvaría a Israel de la dominación extranjera. Consideraban
—como bien explica en sus epístolas san Pablo —un escándalo para los
judíos y una necedad para los gentiles que el Hijo de Dios, el Redentor,
muriera en la Cruz. Del jueves por la noche en Getsemaní —bajo la
luminosa luna llena de Nisán, aquel 14 de abril del año 30— hasta el
viernes a la “hora nona” (las tres de la tarde), se produjo en los once
apóstoles una desbandada ante el pavor a la Cruz. Y es que la Pasión de
Cristo es imposible de entender sin la referencia al pecado: la razón última
de su amorosa entrega hasta el extremo es, precisamente, perdonar
nuestros pecados, hacernos hijos de Dios y herederos del cielo. Como
advirtió san Juan Pablo II: “El pecado del siglo es la pérdida del sentido del
pecado”. La acumulación de pecados personales conecta con lo que
denomina “estructuras de pecado”: situaciones sociales que facilitan el mal
y ante las que nos sentimos interpelados. Por ello, la genuina penitencia
durante la Cuaresma es una sincera confesión sacramental (al menos una
vez al año) de los pecados de soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, pereza y
envidia. Reconocer nuestra condición pecadora nos dispone a
experimentar una profunda conversión; sin la confesión la vida cristiana se
vuelve frágil y baldía. El Papa León XIV nos exhorta vivamente:
“Abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo.
Renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de
quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.
Esforcémonos por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad:
en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en
los debates políticos, en los medios de comunicación, y en las
comunidades cristianas”. ¡Ahora es el tiempo favorable, ahora es el tiempo
de la salvación!

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