Descontextualización
El debate sobre la fórmula «Mártires del siglo XX»
Resulta inspiradora la lectura de un artículo de opinión de Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid, en el que defiende la idoneidad de la expresión acuñada por la Iglesia: “Mártires del siglo XX”. Con este lema, se intenta reducir la complejidad histórica a una fórmula de cuatro palabras fácilmente memorizable. Sin embargo, este ejercicio de sintetismo corre el riesgo de simplificar la realidad hasta el punto de desdibujar matices que, para generaciones menos formadas, resultarían imprescindibles. Desde un análisis riguroso, la frase funciona más como una etiqueta narrativa que como una definición histórica precisa.

La necesidad de acotación geográfica y conceptual
Es comprensible que la fórmula nazca de una voluntad conciliadora; un intento de no reabrir heridas que algunos se empeñan en no restañar. Al fin y al cabo, el espíritu que inspiró a estos mártires a morir por Jesucristo fue el mismo que aprendieron de Él en la Cruz: el perdón. Pero cabe preguntarse si debemos priorizar un eslogan amable o el honor a la verdad histórica. Optar por lo segundo exige abandonar una abstracción que, sin conocimientos previos, diluye los hechos. El siglo XX fue, tristemente, una centuria de martirio global. Se calculan unos tres millones de mártires cristianos de todas las confesiones —armenios apostólicos, ortodoxos, católico, protestantes— asesinados en las persecuciones religiosas por ideologías totalitarias. Sucedió en la Turquía de 1915 con el genocidio armenio, en la Rusia bolchevique de 1917, en la Guerra Cristera de México de 1926 y en la Alemania nazi de 1933. En España, durante la Guerra Civil de 1936 hasta 1939. Por ello, la falta de acotación geográfica en el epíteto genera una laguna evidente: es imperativo precisar que hablamos de España. Incluso denominaciones como “Mártires de la Guerra Civil española” resultan problemáticas, pues sugieren que estos 10.000 católicos (sacerdotes, religiosos y laicos) fueron combatientes, cuando la realidad es que no intervinieron en ninguno de los bandos.
El contexto de la Segunda República y la crítica al radicalismo
Esta inconcreción alimenta confusiones tan flagrantes como la de aquel obispo francés que, en 2012, llegó a afirmar que fue Franco quien había matado a tales católicos. A dicho prelado habría que recordarle las palabras del historiador Andrés Trapiello: “Franco dio su golpe de Estado el 18 de julio porque Largo Caballero no pudo darlo el 17”. También convendría ilustrarle sobre quien era el llamado “Lenin español” cuando pronunció la frase: “Habrá soviet en España en cuanto caiga Azaña. Lenin predijo que España sería el segundo Estado soviético de Europa”. Tampoco sería preciso hacer alusión a los “Mártires de la República”. Aquel régimen nació bajo la Constitución del 14 de abril de 1931, elaborada sin consenso, marcadamente radical, que declaraba un Estado laico y decretaba la disolución de órdenes religiosa. Esto provocó la dimisión de católicos como Niceto Alcalá-Zamora o Miguel Maura. Dos días antes de que se aprobara esta norma, el filósofo republicano Ortega y Gasset pronunció un discurso premonitorio: “¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo”. La deriva sectaria fue denunciada por intelectuales republicanos de la talla de Gregorio Marañón, Giner de los Ríos, Miguel Unamuno, Ramón Pérez de Ayala o Claudio Sánchez Albornoz. Este último criticó al presidente de la Segunda República, Manuel Azaña, por su falta de firmeza para restaurar el orden público frente a la violencia revolucionaria. Por lo tanto, había republicanos no revolucionarios, católicos y algunos, como el ministro Federico Salmón Amorín, hoy en proceso de beatificación; el mismo Franco también era republicano.
Propuesta para una denominación rigurosa
En este sentido, resulta clarificadora la postura de Javier Paredes Alonso, catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá de Henares. En su reciente obra “¡Hasta el cielo!” (Ediciones San Román), una selección entre cientos de artículos de investigación, establece que “Llamarles ‘mártires del siglo XX’ a veces parece esconder un complejo; son los mártires de la persecución marxista, socialista, anarquista y masónica. No se puede ocultar la verdad histórica de quiénes fueron los perseguidores”. Pretendo echar un cuarto a espadas y sugerir que la fórmula para referirse a estos testigos de la fe debería ser tan breve como completa. Una propuesta podría ser: “Mártires de la persecución religiosa en la España de los años 30, bajo la revolución marxista, socialista, anarquista y masónica”. El testimonio heroico de los mártires merece ser correspondido con la verdad histórica. Con Tertuliano: “Sangre de mártires, semilla de cristianos”.
JAVIER PEREDA
