El doctor Vallejo-Nájera y las marionetas de la Moncloa

A buenas horas, mangas verdes. Resulta que el Gobierno, en un ataque de audacia retrospectiva, ha decidido retirarle la Gran Cruz del Orden Civil de Sanidad a Antonio Vallejo-Nájera, aquel psiquiatra metido a eugenista que se empeñó en buscar el «gen rojo» en las cárceles de la posguerra. Vaya por delante que a nadie con dos dedos de frente le va a temblar el pulso por esto: lo que hacía aquel tipo —como separar a niños de sus madres republicanas para «limpiar la raza»— una aberración que jamás debió ser premiada. Aquellos delirios totalitarios, dignos del peor Mengele, son una mancha que la historia ya juzgó. El problema no es que le quiten los metales a un muerto; el problema es el orgullo del burócrata que se apunta la medalla hoy, como si acabara de tomar la Bastilla en Twitter.

Porque Vallejo-Nájera, por fortuna, lleva décadas siendo una nota al pie de página, un espectro olvidado que no pinchaba ni cortaba en la sanidad real. Revivirlo ahora para señalar lo evidente tiene truco. Es la vieja táctica del espantapájaros: agitar las cenizas del pasado para que el personal no mire las grietas del presente.

Ruido de las trincheras y prioridades de escaparate

Si uno levanta la cabeza y mira el panorama actual, el paisaje es desolador.

A un lado del tablero tienes a VOX con la matraca de la «Prioridad Nacional», una consigna de trazo grueso que el Partido Popular va tragando a regañadientes o por puro cálculo de poder, según el día de la semana. Pero si cruzas la mirada hacia el otro lado, hacia ese Gobierno que se autodenomina el más progresista de la historia del universo conocido, lo que te encuentras es un PSOE, junto a Sumar (y resto de acólitos) cuya máxima y urgente prioridad parece ser el revisionismo de cementerio.

¿De verdad esa es su gran victoria? ¿Esa es toda la munición que les queda en la recámara? Mientras el ciudadano medio se bate el cobre para conseguir una cita con el especialista, el Ministerio de Sanidad se dedica a la alta costura de la memoria histórica. Es una política de escaparate y trinchera, muy cómoda para el aplauso fácil en las redes, pero completamente inútil para el español que ve cómo se deteriora su día a día.

Remangarse en el presente o gobernar con fantasmas

La gran paradoja es que la propia izquierda no deja de repetir que la sanidad pública está al borde del colapso en la mayoría de las comunidades autónomas, casi todas gobernadas por la derecha. Si el diagnóstico es tan alarmante y catastrófico, uno se pregunta qué hace el Ministerio de Sanidad que no pasa a la acción. Un Gobierno central verdaderamente intervencionista y audaz —como les gusta presumir en los mítines— tendría las herramientas legales y presupuestarias para meter mano, coordinar, exigir y forzar a las consejerías de sanidad a cumplir unos mínimos decentes.

Pero claro, intervenir la gestión autonómica implica pelearse con el BOE, desgastarse en los despachos, asumir responsabilidades y, sobre todo, trabajar. Es muchísimo más fácil armar un brindis al sol, firmar un decreto sobre un muerto de 1960 y salir a la rueda de prensa con cara de dignidad democrática. Es la ley del mínimo esfuerzo político: revivir un cadáver para colgarse el galón de la superioridad moral es gratis; remangarse y arreglar las listas de espera de los vivos, por lo visto, cuesta demasiado.

Antonio Luis Gómez Anguita

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