
En estos tiempos difíciles en los que la situación del Estado de Derecho en nuestro país es inquietante y, lo que es peor, a nivel del que se dio en llamar “primer mundo” está, cuando menos, en crisis —no hay más que recordar el uso indiscriminado de las vías de hecho— no viene mal recordar verdades de Perogrullo. Desde el Padre Suárez, las bases del Derecho de gentes —hoy Derecho Internacional— establece principios que son dignos de todo respeto. A pesar de Maquiavelo, el fin no justifica los medios y una dictadura no se acaba con la singular “extracción” del dictador por un tercero, por poderoso que sea, y menos si es a cambio de beneficios económicos. En España, las Leyes nacen en las Cortes —Congreso y Senado— y la voluntad del legislador no puede ser la de una persona; del mismo modo, es el Parlamento en los Presupuestos quien fija el marco de la economía. Frente a la inexorabilidad de las leyes naturales, las humanas —aquí y en cualquier país civilizado— pueden cambiarse, por los mismos cauces por los que se aprobaron, no por el capricho o arbitrio de alguien, sea quien sea. Cualquier otro planteamiento, por justo que fuera el motivo, lleva a la anarquía y al desgobierno.

